8:00 - Se despierta Nutria. Lectura sosegada de El Jueves y La Verdad de Cartagena (imprescindible el Tío Pencho)
22:30 - Nutria y Fósilman Los Marchosos se retiran a sus aposentos a dormir como ceporros.
Apreciese cómo en Mataró no me habían reducido la fractura ni aproximadamente.
(Está mucho mejor esta otra pava, ¿eh?)
No se de donde saqué el aplomo, porque a la Virgencita no me había dado tiempo a invocarla. Aguanté a pie firme, y cuando estaban unos dos o tres metros, puse la habitual voz de gilipollas en estos casos y balé: "hola, guapos; hola, bonitos...." con la mejor de mis sonrisas. El líder del trío en ese momento, llegó hasta mi, se alzó sobre sus patas traseras, apoyó las delanteras en mis hombros....
...y me borró la cara a lametones. En lo cual fue sucesivamente secundado por los otros dos sujetos. En mi vida he sentido más alivio.
Desde entonces, quiero más a los perros. Y eso que como pasa con los humanos, los hay muy hijos de puta. Pero cuando voy por ahí corriendo y algún guau se me acerca ladrando desaforadamente, aplico el mismo tratamiento: saludarle y sonreirle como si fuera un hermano muy querido. Me da resultado prácticamente siempre.
Bueno, y la única vez que no dio resultado, el perro pesaba treinta kilos menos que yo, así que acabó en una zarza al costado del camino. Al fin y al cabo, mi brazo era y, afortunadamente a pesar de aquel bicho, sigue siendo mío.
Mi primera preocupación es si habrá cascado el móvil. También de pequeña, cuando me pegaba un hostión en el patio del colegio, mi primera preocupación era si se me habrían visto las bragas o no. Decidme, ¿la naturaleza humana es asín, o sólo yo soy tan gilipollas? (no temáis herirme, hay cosas que voy asumiendo). Tampoco me paro a muchas comprobaciones, que hace rasca. Pero ya no uso tanto la parte automática del pedal.
El segundo tramo de calzada se supera con éxito. Empieza a neviscar levemente. Para no meterme por la parte de las piedras resbaladizas, atajo hacia el camino de arriba. Resultado: a las 16:02 me atizo la tercera hostia por no haber tenido tiempo de sacar el pie de la cala. Sin más consecuencias que una cierta psicosis: me paso los siguientes kilómetros debatiéndome entre el deseo de enganchar el pedal para progresar como Dios manda y el temor a pillar otro repecho cabrón y esta vez ya esnafrarme total. Qué vida esta. ¿Recuerdas, Nutria, cuando no conocías el pedal automático y eras feliz?
Llegada a Zarzalejo sin mayores consecuencias que un frío bestial. Empieza a nevar decididamente y Nutria se inquieta. El camino se va cubriendo y eso mosquea. Enfilo de nuevo hacia San Lorenzo por los Ermitaños de Arriba. Un amable paseante (o el ganadero) me abre la cancela y así no he de desmontar. Cobardemente, por la zona pedregosa desmonto directamente, lo confieso. Llego a la Silla de Felipe II, y tiro por la carreterilla cerrada hacia la Cruz Verde; sin novedad, pero el asfalto ya tiene algo de nieve, y no se sabe si habrá placas de hielo. Lo malo es que como voy más rápido, los dedillos empiezan decididamente a congelarse. Ya casi no puedo cambiar, los pulgares están sin fuerza. Chungo.
Tras un tramo corto por la general, atravieso por el Batán, donde, como por ahí sigue sin nevar, el asfalto está limpio y pillo todavía más frío. Atroz. Y al salir de nuevo a la carretera, me pasan cuatro cosas:
Resultado: 17:10 alcanzo el arranque de El Horizontal, me bajo de la bici, y debido a todo ello pero sobre todo al intenso dolor de dedos al irse calentando... la inclíta Nutria desmonta, se retuerce y, sí amigos, opta por llorar a voz en cuello. Como lo leéis. Es lo mejor de salir sola: te lo puedes permitir. Creo que la última vez que lo hice fue cuando me partí la cabeza del radio. ¡Caramba, que coincidencia! ¡También iba con la MTB y estrenaba pedales automáticos! Recuerdo que cuando era pequeña me iba el rollito duro a lo John Wayne, y tal, llorar es de nenas, y no se qué puñetas; a lo largo del tiempo se ve que me he ido despojando de ese pesado lastre de la dignidad. Eso sí, parece que tengo una semipatológica relación de amor-odio con la bici de montaña que me voy a tener que hacer mirar.
Cuando se me pasa el atroz dolor de dedos, prosigo subiendo para llegar al Horizontal con gran acojone, (y de hecho en otra ocasión tengo que apoyar el pie en tierra) y por la parte llana, recuerdo haber pensado que en verano no parecía haber tantas jodías raíces, piedras sueltas, piedras agarradas, etc. Ya prácticamente desmonto a la mínima. Cuando alcanzo el casco urbano, los dedos se me han vuelto a congelar, y no cambia el plato ya ni San Veda el Venerable; al intentarlo, consigo que se me enganche la cadena, y al pie de la presa de Felipe II, a desmontar y desfacer el entuerto. Para ello, antes tengo que introducir las manos debajo de la ropa.
Bajada al Zaburdón con lo que sea de corbata, el asfalto se ve mojado y está helando; además, cuanto más rápido bajo, más me congelo. Por fin, 17:52, alcanzo el polideportivo; otro rato de manitas bajo la ropilla, para poder sacar las llaves del coche y meter la bici, entre la tiritona. Me cambio en el vestuario, que, loado sea Jehová excelso, tiene calefacción por suelo radiante, lo que me permite descalzarme y recuperar la sensibilidad en los pies (ni cubrebotas de 4 mm de neopreno ni Cristo que los fundó) y sentarme encima de las manos, ante la mirada inquisitiva de los niños de cinco años que van a clase de natación (bueno, menos del que lloraba porque no quería ir a la piscina). Café calentito, guardar la bici en la Osera, y pa casa, donde llegué con hipotermia, para combatir la cual, puse la calefacción a tope, me calcé el forro polar, un buff seco, el gorro de lana, la manta électrica, la manta de viaje y dos gatos encima. Como en la tele no daban más que imágenes de la ola de frío o reportajes de pingüinos y osos polares, y todo en ese plan (coñe, para una vez que no están dando el cruce del Masai Mara por los ñus, y los cocodrilos poniéndose cardiacos de cebras), mi organismo se apiadó de mi y me permitió perder la consciencia.
Juro por mi santo patrón que prefiero seguir a un montón de junior del TriTalavera en un pique por los Montes de Toledo. Y esto es lo que tenía que contar.