domingo 21 de junio de 2009

Relato gráfico de los hechos

(Continuación del anterior)


Durante toda esa noche en casa de mis padres, durmiendo a trompicones, fui notando a cada mínimo movimiento la crepitación del hueso roto. Lo cual que no me pareció que hubieran hecho un buen trabajo en Mataró. Por lo cual, y ya completamente desvelada, y sin desayunar ni lavarme, me levanté y me fui al Hospital de Madrid, cerca de donde estaba, concertado con la Mutua Deportiva. La verdad es que en urgencias tardaron un montón en atenderme. A mi y a otros pobres seres humanos que por allí había, algunos tan perjudicados por lo menos como yo. En realidad no nos atendieron hasta que cambió el turno y se fueron los de la pachorra de última hora de la noche y llegaron los del horario normal de mañana.

Me hicieron esta radiografía, que la de Mataró era una miieeerrrrdaaa.



Apreciese cómo en Mataró no me habían reducido la fractura ni aproximadamente.

Así que me recolocaron el atadijo (ortesis en ocho), y me dijeron que pidiera hora con el traumatólogo. Véase el atadijo inicial, que Fósilman me ayudaba a ponerme por las mañanas.




Este atadijo, por consejo de Seza, fue reemplazado por otro menos rústico y que me podía poner y quitar yo sola:
(Está mucho mejor esta otra pava, ¿eh?)



La traumatóloga que me vio me dijo simplemente que me hiciera una radiografía en quince días (tres semanas desde la fractura) para ver como iba soldando. Esta fue la nueva radiografía:




Se aprecia claramente como ambos cachos de clavícula no se habían puesto al final de acuerdo sobre donde pasar el veraneo, y uno tiró pa la playa y el otro pa la montaña. Vamos, que el traumatólogo (esta vez el titular de la plaza) dijo, "va a ser que lo operamos", "pues va a ser", y se fijó el día 7 de julio, no pudo ser antes. Coño, paberlo sabido y no teníamos que haber esperado 7 semanas tras la fractura, cagontó.

Así que de momento, me fui haciendo las pruebas para el preoperatorio: las médicas y la ordalía personal que supone todo el disuasorio papeleo con la Mutualidad General Deportiva, que siempre está convencida de que las cosas te las has hecho bebiendo o fornicando o lo que sea, pero no haciendo tu deporte, y si no resistes todas sus objeciones "ahora queremos la autorización para las gasas y el esparadrapo" "y ahora su pasaporte con el visado de la Mongolia Exterior" no eres digna de operarte.

Llega el 7 de julio, día en que unos se ponen delante de un toro bravo, y yo me pongo delante de un cirujano. Me duermen, y aprovechando que no me puedo defender, me ponen una chapa sujeta con clavos tal que así:



Bonito, ¿verdad? Más o menos me despierto cuando me depositan en la habitación y medio me entero de que la cosa ha salido bien. Y de poco más; creo que me llamó gente, y perfectamente puedo estar ahora denunciada en un juzgado por haber dicho cualquier barbaridad de la que en absoluto era consciente, dado mi grado de agilipollamiento (con perdón por el verbo soez e inventado). Pasé la noche entre leves problemas urinarios y abandonos a los coletazos de la anestesia.


Lo cual que cuando a la mañana siguiente vinieron a hacerme la cura, esto había:


Vamos, no me jodáis, todo el día viendo en la tele que si CSI, que si Bones, que si La Matanza de Texas, que si Holocausto Caníbal, y ahora me ponéis esas caritas de horror; ¡pues teníais que verlo a 10 cm de vuestro propio ojo! ¡La pena es que la cámara de Fósilman no tenga más resolución! Ahí apreciarías todos los matices de la cicatriz húmeda y fresca.

Bueno, para los que hayáis vuelto de echar la pava: a los dos días de la operación me mandaron pa casa, PEEEEROOOO... castigada a llevar el brazo en cabestrillo hasta el día 15. El médico (que es un señor muy simpático, pero que por alguna razón me intimida bastante) dijo textualmente "que no se fiaba mi, que yo soy muy deportista, y que a ver si por estar confiada de que la clavícula ya estaba fijada, iba a hacer el bruto y se me iba a poner a sangrar la herida o a saltar los puntos..." ignorando el buen hombre que yo debo ser la única deportista que hace caso siempre al médico.

Total, que así anda la cosa ahora: tomando antiinflamatorios y con el brazo en cabestrillo. Una de las tardes en el hospital me dieron hielo para ponerme, me imagino que ahora en casa también podría hacerlo, ¿no creéis? Entretanto, parece que poco a poco la inflamación de la zona va cediendo, así como la rigidez de los músculos que se insertan en la clavícula (que yo sepa: esternocleidomastoideo, trapecio, deltoides y pectoral). Todo ello muy despacio y acompañado de acorchamiento y falta de sensibilidad en la zona, extraños picores y pinchazos, dolores, dolorcillos y dolorcines (bastante llevaderos, eso sí...).

Y a ver si para el día 15 me pueden quitar los puntos. Porque si no ya será para el 17 o el 18, y yo tengo cogido apartamento en la playa desde el 16. Y en ese momento, me dirá el doctor si necesito rehabilitación o no. Dice que como yo soy tan deportista igual no me hace falta. Ya, claro, pero mire usté, es que llevo ya ocho semanas sin disponer apenas de mi articulación, oiga... y yo soy ya una señora mayor. Cooooñe.

viernes 29 de mayo de 2009

Relato de los hechos I - Half Challenge

Una de las ventajas de las pruebas que se celebran en el Levante peninsular es que aunque te das el madrugón, más o menos clarea, si es que no ha amanecido, para cuando sales del hotel. Y así era, cuando Carlos y yo salimos camino de boxes, con el desayuno sin digerir (apuramos un tanto la hora de levantarnos) y nos sumamos al creciente reguero de valientes triatletas y esforzados y sufridores acompañantes que arrastraban sus bolsas con la ropa de calle por Calella.

Prácticamente no vi a nadie conocido por el camino... y una vez que me separé de Carlos y me dirigí hacia los cajones de salida, menos. Me acordé en el último momento de ponerme el neopreno antes de salir a la playa; supongo que ponérselo con los pies llenos de tierra debe ser una refinadísima tortura, como forrarlo de papel de lija. Eso sí, me dejé el gorro tirado por ahí y tuve que ir a rescatarlo con grandes nervios.

Tras vagar un rato por la zona de salida como una gallina mojada, por fin oigo la voz de Javi, y poco a poco nos vamos juntando en nuestro cajón varios: Gemilla, Dubri (¿qué haces en este cajón?), Zubi (otro que tal)... y conocemos un chico vasco que se llama Jon y ha venido solito y entre todos hacemos unas risas. Unas risas nerviosas.

Van dando las salidas. Policías, bomberos, gorros verdes, gorros azules... y nosotros. No le apresuro, el objetivo sólo es acabar. El mar tiene olas grandes, pero en esta primera recta lo que molesta es el gentío. La primera boya está muy cerca, así que me abro un poco, que todavía hay mucha peña junta. Al virar las olas vienen de lado, pero eso no me molesta mucho, la verdad; lo joío es que ni se ven las boyas siguientes ni hay una maldita referencia, así que tienes que fiarte de los pies del de alante. Y casualmente el que llevo delante casi todo este largo tiene una extraña estrategia: pegar un acelerón a crol y sobrepasarme para luego ponerse a braza y patear peligrosamente cerca de mi picaporte facial, que ofrece, lo sé, un blanco fácil. Lo cual que yo, que normalmente dedico el segmento de natación al disfrute, estoy deseando que se acabe. Y aunque al virar en la siguiente boya pierdo al figura susodicho y las olas vienen a favor, la cosa no mejora porque el despiste aumenta: hay gente que está tirando en línea recta al arco de llegada de la playa y gente que deriva más a babor. Me uno a estos últimos, recordando como era el plano de la natación, y aunque zigzagueo, hago lo correcto; parece ser que descalificaron a gente que acortó, pero me pregunto cómo, si no llevábamos ni un maldito número en el gorro ni el cuerpo.

En la transición, que realizo con limpieza, sin prisa pero sin pausa, encuentro a Jesús, que había salido con los gorros verdes, y extrañada, le pregunto que hace aún allí. Parece que ha dado más vueltas que un trompo en la natación. Voy a mi bici, la empujo, monto, compruebo que no he pinchado (siempre me asalta esa paranoia en los primeros metros) y reanudo, intentando refrenarme, que aún queda mucho. Me adelanta enseguida Jesús, luego fllana, luego Seza (me cuesta entender su nombre, estoy espesa). Enfilo con tranquilidad la N-II, el viento ayuda, voy disfrutando... Incluso veo a uno de Protección Civil apretándose un bocata y le grito, "que aproveche", y el otro levanta el brazo y saluda...

Ahora abandonamos la N-II hacia el interior, y empezamos a cruzarnos con los que van de vuelta a ella... ¡Dios, qué pelotones! Según adelanto a una chica, la oigo que va gruñendo: I thougth it was supposed to be a non drafting race! Le manifiesto mi acuerdo, I can believe it! y sigue diciendo algo, pero ya no la oigo, llega el primer avituallamiento, y con esa discreción que me caracteriza advierto de mi extrema torpeza... no obstante la cual, ¡consigo por primera vez coger un avituallamiento en bici con la mano derecha! "Soy una monstruuuuaaaaa" grito para regocijo de las gentes. Así diluyo un poco el isotónico que había ido bebiendo de uno de mis bidones.

Subimos algo más. Yo adelanto a algunas chicas, a mi me adelantan chicos, entre ellos algunos aguaverdianos. Al sobrepasar la rotonda del fondo para empezar el retorno a la N-II hay otro avituallamiento, que también realizo con éxito, "qué gran ciclista soy"... Me adelanta Zubi, que lo ha pasado regular en la natación, charlamos unos segundos. Saco una barrita (vaya por Dios, tenía que haber entreabierto previamente el envoltorio) y le voy dando mordisquillos. La vuelvo a guardar, no me apetece mucho, pero voy bien. Voy a dejarme caer un poco más, que esto es cuesta abajo. Viene una curva de 90º, nada que no coja todos los días, si acaso me tumbo un poco... he entrado demasiado fuerte... freno... voy a invadir el carril contrario... no viene nadie pero no quiero invadirlo... freno más... ¡fuera de control!




Dolor. Dios, Dios, Dios, que no sea nada, que pueda seguir. Cerca hay unos que han pinchado y unos voluntarios. "¿Estás bien?" "Creo que sí..." Pasa gente y casi se me tragan. "Señalizar la caída" gritan a los voluntarios. Estos por fin reaccionan y apartan mi bici a la acera. Me pongo de pie.Me duele el hombro. "¿Avisamos a la ambulancia?" "no, esperad". Me paso el dedo por la clavícula derecha. Hay un bulto inexistente en la izquierda. Me voy a la acera, y de pronto una nube espesa de puntitos negros se me pone ante la vista. "Oye, casi que sí avisáis". La nube no se va, así que me siento en el suelo con la cabeza entre las rodillas. OK, mejor así. Veo llegar a la Cruz Roja. Son muy amables. Me hablan en una mezcla de castellano y catalán, pero yo lo entiendo bien (lo chapurreo). Me inmovilizan el hombro, me ponen hielo y oxígeno (es el protocolo) y tirando para el hospital de Mataró. De la bici se harán cargo los mossos d'esquadra.

Cada badén es un nuevo dolor. En urgencias para empezar me pinchan un antiinflamatorio en la nalga (y también añade dolor el acto de bajarse el tritraje). Me llevan a rayos, y me tengo que poner en posturas que añaden tal dolor que empiezo a llorar bajito, lo cual obliga a repetir una de las placas, por el agitar de hombros. Me llevan de vuelta al box, pero me quedo sola un buen rato. En el de al lado dan puntos a un chico. Les oigo comentar "tendremos que poner la ortesis a esta señora" y me da la impresión de que han tenido que ir a buscar el Manual. Me empiezo a sentir sola y miserable, y lloro bajito otro buen rato. Por fin acuden, y me ponen una ortesis en ocho para echarme los hombros para atrás. Entretanto, la buena enfermera se ha ocupado de la cuestión de mi vuelta a Calella. En ambulancia no pueden llevarme hasta dentro de tres o cuatro horas. Pero a otro chico accidentado de la carrera (sólo chapa, pintura y una distensión de hombro) le va a venir a buscar su novia, y me pueden llevar. Me animo un poco, y charlo con el chico y otro ciclista, este de montaña, que también se ha hecho una distensión.

Calella está colapsada, con la N-II y varias calles del pueblo cortadas. No hay donde aparcar. A los buenos samaritanos que me han llevado no les importa que me baje y siga andando, me estoy angustiando. Como el tritraje lleva el sujetador incorporado, en el hospital me han regalado la batita de enfermo para que no vaya por la vida en top less; y así, con las zapas de la bici, tapada por esa especie de sábana anudada al cuello y con el dorsal colgando del mismo, recorro las calles. Hay que romper una lanza en favor de la población local: sólo se me quedó mirando fijamente un viejo descarado.

Alcanzo la calle que conduce a la meta, por la que van subiendo triatletas sonrientes entre un público enfervorizado. Y yo paso detrás de la gente, cabizbaja, viendo que yo no estoy ahí. Alcanzo el estadio. Sólo quiero mi bolsa con la ropa de calle, para poder ir al hotel, coger el móvil y llamar a mis amigos para contarles lo ocurrido. A mi espalda oigo "¿Concha? ¿Qué te ha pasado?" y en un santiamén Isa y Marina están abrazadas a mi mientras yo echo el moco, de rabia, de pena, pero sobre todo, de alivio y agradecimiento por haber encontrado a mis dos amigas que me van a cuidar y consolar, y ya alguien va a saber dónde estoy y qué me ha pasado.

Jesús ya entró en meta, y de Carlos y Javi aún no se sabe nada. Marina primero me trae una cervezota (Nutria la alcohólica llevaba meses sin tomar una con alcohol, pero hay momentos en la vida de una mujer...) mientras Isabel me hace una foto con las pintas, y luego Marina me acompaña a por mi bolsa y me ayuda a cambiarme, no sin antes encontrarnos con Seza, que muy solidario, me enseña su clavícula, rota tiempo atrás y con la que asegura se maneja perfectamente. Vaya, pienso, se rompió la clavícula y le ha quedado un bulto raro, pero ha acabado un 1/2 IM, y eso me anima un poco. Encontramos a Jesús, ya cambiado, que también me abraza.




Isabel me acompaña a boxes, donde recogemos mis cosas (ahí estaba mi bici) y enfilamos para el hotel. Por el camino vemos que se ha salido la cadena; como no nos apañamos para ponerla, pedimos ayuda y una chica francesa... no solo casi se la carga, sino que consigue pillarme el dedo con los piñones y la cadena. Sangro un poco, la verdad. Aparece un chico muy guapo y soluciona el tema, y la francesa se va muy digna diciendo que ella ha sido profesional durante 20 años. No digo que no, chata, pero hoy te ha lucido poco. Isa y yo nos alejamos por el paseo, yo con la mano en alto para que deje de sangrar, las dos embadurnadas de grasa. Pastástico.

En el hotel, como puedo me quito algo de la sangre, el sudor, la grasa y la mugre en general. Le doy la llave del coche a Carlos, que resulta que no ha podido hacer el segmento de bici por avería y que se iba a volver en tren, pero en vista del panorama, se tira el rollo como un milord y a pesar de que no le gusta nada conducir, se presta a cascarse los 700 km hasta Madrid. Así, que después de que las chicas me ayudan a vestirme decentemente, nos reunimos todos a la puerta del hotel, abrazo a Javi también, que ha acabado como el campeón que es, y para la capital.

Es cansado. Carlos no ha hecho la bici, pero sí la natación y la carrera a buen ritmo; se le carga un poco el gemelo del acelerador. A las doce llegamos a su barrio y descarga sus cosas, y luego me acerca al barrio de mis padres, y dejamos el coche con mi bici y resto de equipaje en un parking cercano. Él se pilla un taxi; yo consigo, molida y dolorida, meterme en la cama a la una, ya del lunes.

viernes 1 de mayo de 2009

Interludio náutico

Yo nací en medio de uno de los tórridos veranos madrileños. A los pocos días nos trasladamos a El Escorial, donde siempre he veraneado. Allí pasaba los días vagando y jugando por el monte. No fue hasta los nueve años cuando vi el mar por primera vez, en Cádiz. Todo me conducía a ser lo que luego fui y supongo que soy: ingeniera de montes.

Pero la vida va dando vueltas y nunca sabes por donde te va a salir (y eso está bien), y mira por donde que se me ofrece la posibilidad de embarcarme en un buque oceanográfico para hacer unas evaluaciones de riesgos. Y eso de ver cosas nuevas y hacer cosas distintas me mola. De cabeza me lancé.

El caso es que es un trabajo como otro cualquiera... y no es un trabajo como otro cualquiera. Bueno, hay que especificar que un buque oceanográfico no es un pesquero, por ejemplo, donde lo que prima es la producción, y a ello van encaminados el tiempo y el espacio. Y tu jefe no te presiona para que produzcas más. Así que el ambiente es sensiblemente mejor.

Lo primero que llama la atención al parecer es el esquema, tan jerarquizado pero tan social que se tiene. Me explico. En los demás buques, es frecuente que haya un comedor de oficiales y otro para la marinería. De ahí para arriba, de todo: camarero exclusivo para el capitán, nadie se sienta a la mesa hasta que el viejo no llegue, etc. Aquí no. Aquí, hay un comedor para todos, no hay mesas específicas para cada estamento, sino que cada cual se sienta libremente según sus afinidades (lógicamente tienden a sentarse oficiales por un lado, marineros por otro y científicos por otro). Cada cual coge su bandeja, se sirve, y cuando acaba, echa la basura en los contenedores, pone los platos en la bandeja del lavavajillas y pasa la bayeta si hace falta. Todos. Lo mismo pasa a la hora de limpiar el camarote o bajar la ropa a la lavandería.

Y sin embargo, no he visto ni un pestañeo ni una vacilación ni nada cuando un oficial daba una orden a un marinero. Todo el mundo parecía saber muy bien a lo que estaba y para qué estaba. Verdaderamente, el ambiente de trabajo me pareció muy bueno. Y el nivel cultural medio de toda la tripulación es bastante superior a lo que se ve en las películas; probablemente por ser un buque oceanográfico en el que se ha podido hacer selección de personal, pero desde luego contribuye a que el ambiente sea como es.

El trabajo: pues bastante variado, pese a lo que pueda parecer. No tiene nada que ver lo que se hace en puerto con lo que se hace durante la navegación. Sobre todo, los días anteriores a zarpar el jaleo es infernal, todo el mundo ayudando a la carga y estiba, repasando listas y verificando cosas, etc.

Lo que me ha llamado la atención también es el pequeño mundo independiente que es. Para empezar, las tripas de un barco son algo grande y ahora ya, para mi, menos misterioso. Pañoles, salas de máquinas, talleres, depuradoras, desalinizadoras, generadores, puestos de control... todo ello para que en las cubiertas superiores todo vaya de puta madre y lo mismo se pueda enchufar el microondas que gobernar el buque que verte una peli en el ordenador. ¡Chachi!

Y mi experiencia: todo el mundo me trató fenomenal, colaboraron en todo lo que se les preguntaba o pedía, nos avisaban si iban a hacer alguna maniobra o ejercicio que nos pudiera interesar, y eran de trato enormemente agradable. Desde el primer día el capitán nos dio carta blanca para acceder a todos los espacios del buque que quisiéramos; y en seguida nos puso un marinero (que luego resultó ser un Licenciado en Biología con un par de másters a la espalda) para que nos enseñara todos los rincones y hasta el último pañol. Además, todo el mundo quería enseñarnos su trabajo, y muchos también que les asesoráramos. Una pasada.

La mar nos trató con mucha amabilidad. Si bien el primer día hubo un poco de niebla, el mar estaba como un plato. El segundo día levantó... para que pudiéramos disfrutar del paso del Estrecho. Eso fue lo que más me gustó de todo el tránsito. Para empezar, el Estrecho es de veras estrecho, así que ves con toda nitidez Tánger, Ceuta, Tarifa, el Peñón... con una navegación nada monótona, porque obviamente, se congregan ahí infinidad de buques, y ves pasar por ejemplo, el ferri Algeciras - Ceuta a toda castaña. Y lo mejor: la fauna. Todo bicho que quiera pasar del Atlántico a Mediterráneo o viceversa es obvio por donde tiene que pasar. Así que vimos bastantes calderones, no pocos delfines y hasta alguna ballena resoplando. Por si fuera poco, nos estacionamos en varios puntos para tomar muestras, y asistimos al proceso; bestial.

Como nota chusca, eso sí (con la Nutria siempre la hay) diré que el domingo hubo de desayuno chocolate con churros; a mi me vuelve loca el chocolatito y tal, pero como estoy en plan cuidarme, me sobrepuse heroicamente y tome muesli con leche desnata y dos kiwis, qué modosita, ¿eh?. Luego empezó a ponerse el mar de través por proa, y el buque dio en cabecear ostensiblemente, y la astuta Nutria no obstante empezó a cacharrear con un ordenador... con el resultado de que el jodío muesli y toda la pesca salió al poco rato por la borda, cagüenlamar (nunca mejor dicho), con lo que habrían agradecido unos pocos churritos los peces... y la Tía Nutria.

Pues eso fue malo, porque estuvo así todo el día; lo cual que a partir de la despedida del desayuno, yo no me atreví a ingerir nada más en el resto de la jornada, y como la tarde anterior había cogido un poco de frío y pasé toda una jornada sin hidratarme ni alimentarme, ahora mientras escribo estas líneas tengo las vías respiratorias altas anegadas en perniciosísimos mocos y la garganta como papel de lija del 7.

No obstante este pequeño contratiempo me ha encantado la experiencia y estoy deseando repetirla.

sábado 14 de marzo de 2009

La Nutria y los perros

Casi todos los corredores tenemos en nuestro historial algún que otro incidente con los perros. Antes de incidente en cuestión, unos los aman, otros los odian, a otros les son indiferentes; y tras él, unos refuerzan su posición y otros la cambian. Yo soy de las que la reforcé, y aquí va mi historia (ojo a mis más allegados: ya la habéis oído), que en esta ocasión dedico como tributo al gran Ramón Jet-LagMan, cuyas anécdotas superan en envergadura, emoción, gracia (una vez superadas, claro) y buena prosa a todo cuanto yo pueda relatar.

En realidad, esto sucedió cuando todavía no era corredora, sino exclusivamente montañera. Me encontraba realizando una ruta fácil por el norte de Palencia, concretamente un valle tranquilo y solitario que se abre desde el pueblo de Vidrieros hacia la cara norte del Curavacas. A lo lejos había un rebaño de ovejas y cabras, con tres enormes mastines, el más pequeño de los cuales podría haber sido lidiado dignamente en Las Ventas, que celosamente las guardaban. Hete aquí que los perros me ventean, levantan la testuz, me divisan... y salen los tres corriendo desbocados hacia mi entre ladridos.
Así está diseñado el cerebro de los primates: procesa rápido para la supervivencia. Así que en unas décimas de segundo, la Nutria se hace la composición de lugar:
  1. Estos tres corren más que tú
  2. No hay árboles ni rocas en esta jodía planicie a los que subirse
  3. Juntos suman tu masa una vez y media. No les duras ni un asalto

No se de donde saqué el aplomo, porque a la Virgencita no me había dado tiempo a invocarla. Aguanté a pie firme, y cuando estaban unos dos o tres metros, puse la habitual voz de gilipollas en estos casos y balé: "hola, guapos; hola, bonitos...." con la mejor de mis sonrisas. El líder del trío en ese momento, llegó hasta mi, se alzó sobre sus patas traseras, apoyó las delanteras en mis hombros....

...y me borró la cara a lametones. En lo cual fue sucesivamente secundado por los otros dos sujetos. En mi vida he sentido más alivio.

Desde entonces, quiero más a los perros. Y eso que como pasa con los humanos, los hay muy hijos de puta. Pero cuando voy por ahí corriendo y algún guau se me acerca ladrando desaforadamente, aplico el mismo tratamiento: saludarle y sonreirle como si fuera un hermano muy querido. Me da resultado prácticamente siempre.

Bueno, y la única vez que no dio resultado, el perro pesaba treinta kilos menos que yo, así que acabó en una zarza al costado del camino. Al fin y al cabo, mi brazo era y, afortunadamente a pesar de aquel bicho, sigue siendo mío.

sábado 10 de enero de 2009

Días de miseria en bici

...y eso que salí sola...



Viernes 9 de enero: Nutria, como puede, abandona a mediodía Madrid, que parece a punto de ser aplastada bajo el peso de la nieve. Sorprendentemente, al ir subiendo hacia la Sierra Noroeste, la nieve va desapareciendo, por lo que Nutria, que optimistamente ha echado la MTB al coche, decide airearla.



15:20: salida desde el polideportivo El Zaburdón. Enfilo hacia la Villa (El Escorial de abajo) y empiezo a sentir en mis carnes la mordedura del frío (unos 0º C). Atravieso el pueblo, y enfilo el primer camino, con alguna cuesta arriba que se va agradeciendo, por aquello del calor. 15:40: en un repecho pavimentado por multitud de cantos tamaño kiwi, varios tamaño naranja gorda y uno tamaño melón, Nutria se calza la primera hostia. Sin mayores consecuencias, salvo algún gruñido. Sigamos. Enfilo el camino del Chicharrón, subo la cuesta del Chicharrón con la buena fortuna de que me entra el piñón paellera sin problemas, aunque la patata se pone como loca. El tramo chungo de la calzada romana se sube a pie y empujando la bici, como siempre, para qué nos vamos a engañar. Bien, así se mantiene el calorcito.

15:58: enfilo la zona de las lajas de piedra. Por precaución, saco el pie derecho de la cala. Cambio al piñón paellera... y a tomar por saco, se sale la cadena, y nutria cae, por supuesto, del lado izquierdo, solidariamente con la bici. Aterrizan, por este orden:


  1. La mano izquierda

  2. La cacha izquierda (hoy morada)

  3. Las asaduras junto con el teléfono móvil

Mi primera preocupación es si habrá cascado el móvil. También de pequeña, cuando me pegaba un hostión en el patio del colegio, mi primera preocupación era si se me habrían visto las bragas o no. Decidme, ¿la naturaleza humana es asín, o sólo yo soy tan gilipollas? (no temáis herirme, hay cosas que voy asumiendo). Tampoco me paro a muchas comprobaciones, que hace rasca. Pero ya no uso tanto la parte automática del pedal.

El segundo tramo de calzada se supera con éxito. Empieza a neviscar levemente. Para no meterme por la parte de las piedras resbaladizas, atajo hacia el camino de arriba. Resultado: a las 16:02 me atizo la tercera hostia por no haber tenido tiempo de sacar el pie de la cala. Sin más consecuencias que una cierta psicosis: me paso los siguientes kilómetros debatiéndome entre el deseo de enganchar el pedal para progresar como Dios manda y el temor a pillar otro repecho cabrón y esta vez ya esnafrarme total. Qué vida esta. ¿Recuerdas, Nutria, cuando no conocías el pedal automático y eras feliz?

Llegada a Zarzalejo sin mayores consecuencias que un frío bestial. Empieza a nevar decididamente y Nutria se inquieta. El camino se va cubriendo y eso mosquea. Enfilo de nuevo hacia San Lorenzo por los Ermitaños de Arriba. Un amable paseante (o el ganadero) me abre la cancela y así no he de desmontar. Cobardemente, por la zona pedregosa desmonto directamente, lo confieso. Llego a la Silla de Felipe II, y tiro por la carreterilla cerrada hacia la Cruz Verde; sin novedad, pero el asfalto ya tiene algo de nieve, y no se sabe si habrá placas de hielo. Lo malo es que como voy más rápido, los dedillos empiezan decididamente a congelarse. Ya casi no puedo cambiar, los pulgares están sin fuerza. Chungo.

Tras un tramo corto por la general, atravieso por el Batán, donde, como por ahí sigue sin nevar, el asfalto está limpio y pillo todavía más frío. Atroz. Y al salir de nuevo a la carretera, me pasan cuatro cosas:

  1. Me duelen los dedos espantosamente
  2. La cuesta arriba es horrorosa, incluso para mi plato pequeño, y no tengo fuerza en la mano para meter el piñón paellera. Por lo demás, pasan muchos coches y no es cuestión ni de caerse ni de pararse (no hay arcén).
  3. No consigo enganchar las zapas en las calas, y voy pedaleando de putita pena horriblemente incómoda
  4. La patata se me va a salir de la caja

Resultado: 17:10 alcanzo el arranque de El Horizontal, me bajo de la bici, y debido a todo ello pero sobre todo al intenso dolor de dedos al irse calentando... la inclíta Nutria desmonta, se retuerce y, sí amigos, opta por llorar a voz en cuello. Como lo leéis. Es lo mejor de salir sola: te lo puedes permitir. Creo que la última vez que lo hice fue cuando me partí la cabeza del radio. ¡Caramba, que coincidencia! ¡También iba con la MTB y estrenaba pedales automáticos! Recuerdo que cuando era pequeña me iba el rollito duro a lo John Wayne, y tal, llorar es de nenas, y no se qué puñetas; a lo largo del tiempo se ve que me he ido despojando de ese pesado lastre de la dignidad. Eso sí, parece que tengo una semipatológica relación de amor-odio con la bici de montaña que me voy a tener que hacer mirar.

Cuando se me pasa el atroz dolor de dedos, prosigo subiendo para llegar al Horizontal con gran acojone, (y de hecho en otra ocasión tengo que apoyar el pie en tierra) y por la parte llana, recuerdo haber pensado que en verano no parecía haber tantas jodías raíces, piedras sueltas, piedras agarradas, etc. Ya prácticamente desmonto a la mínima. Cuando alcanzo el casco urbano, los dedos se me han vuelto a congelar, y no cambia el plato ya ni San Veda el Venerable; al intentarlo, consigo que se me enganche la cadena, y al pie de la presa de Felipe II, a desmontar y desfacer el entuerto. Para ello, antes tengo que introducir las manos debajo de la ropa.

Bajada al Zaburdón con lo que sea de corbata, el asfalto se ve mojado y está helando; además, cuanto más rápido bajo, más me congelo. Por fin, 17:52, alcanzo el polideportivo; otro rato de manitas bajo la ropilla, para poder sacar las llaves del coche y meter la bici, entre la tiritona. Me cambio en el vestuario, que, loado sea Jehová excelso, tiene calefacción por suelo radiante, lo que me permite descalzarme y recuperar la sensibilidad en los pies (ni cubrebotas de 4 mm de neopreno ni Cristo que los fundó) y sentarme encima de las manos, ante la mirada inquisitiva de los niños de cinco años que van a clase de natación (bueno, menos del que lloraba porque no quería ir a la piscina). Café calentito, guardar la bici en la Osera, y pa casa, donde llegué con hipotermia, para combatir la cual, puse la calefacción a tope, me calcé el forro polar, un buff seco, el gorro de lana, la manta électrica, la manta de viaje y dos gatos encima. Como en la tele no daban más que imágenes de la ola de frío o reportajes de pingüinos y osos polares, y todo en ese plan (coñe, para una vez que no están dando el cruce del Masai Mara por los ñus, y los cocodrilos poniéndose cardiacos de cebras), mi organismo se apiadó de mi y me permitió perder la consciencia.

Juro por mi santo patrón que prefiero seguir a un montón de junior del TriTalavera en un pique por los Montes de Toledo. Y esto es lo que tenía que contar.

jueves 1 de enero de 2009

Días de gloria en la bici

Pues no, no se trata de que haya cosechado ningún éxito, y menos glorioso, en la bici. Vamos, lo que se suele considerar así. De hecho en la bici soy un importantísimo paquete (bueno, salvo a la hora de bajar, que mis cubiertas lisas y el tonelaje que desplazo, unido a una mollera un poco lábil, me ponen abajo en un momentito).

Para mi los días de gloria en la bici son esos días soleados en que saco la bici del maletero del coche y enfilo, yo solita, alguna de esas carreteras solitarias de las zonas menos turísticas de la Sierra de Guadarrama y conexas. La verdad es que siempre el ínclito Portsea pone deberes: tanto tiempo, cadencia fácil, incluye no sé cuántas cuestas a no sé que ritmo con la bajada y hasta no sé cuantos minutos de recuperación, pedaleo con un pie... Lo confieso: ni caso. Sólo a lo del tiempo total, y eso cuando puedo, o cuando no me apetece un poquito más. Qué desastre.

Pero veamos, y teniendo en cuenta que apenas se montar en bici (grandes logros de mi vida ciclista, aparte de no llevar ruedines: montar de pie y haber conseguido beber en marcha. Incluso ya aveces puedo quitar un poco también la mano derecha del manillar), ¿cómo voy a hacer todo eso en ruta? Si me toca una cuestona arriba, por muy despacio que la suba, las pulsaciones a mil, ¿cómo voy a subirla al ritmo prescrito? ¿Y si dura más de los minutos marcados? Y no, no soy capaz de ceñirme a un circuito conocido al que dar vueltas: ¿y la maravillosa libertad que te proporciona la bici? Si yo empecé a correr fondo por llegar siempre un poco más allá y ver qué había, por explorar, ¿cómo voy ahora a renunciar al nuevo radio de acción que me proporciona el cacharro? Tal vez no mejoraré mucho, pero no puedo pasar sin esos paisajes, esas subidas y bajadas, esos nuevos descubrimientos... incluso cuando a veces me equivoco y pillo un tramo feo o con mucho tráfico... Si ahora, cuando viajo en coche por tierras solitarias (y lo hago con bastante frecuencia) siempre voy pensando "cómo molaría ir por aquí con la bici".

Sí, me temo que es en solitario. Tampoco así mejoraré mucho. Disfruto mucho cuando voy en compañía, pero sobre todo de la charleta inicial y de las cañas posteriores. Entre medias, son más bien días de miseria que de gloria, pues salvo grandes grupetas, lo normal es que vaya con la lengua colgando varios cientos de metros por detrás. Pero cuando voy sola, aunque tal vez me relaje un tanto (pero no en la medida en que algún lector malicioso pueda sospechar), voy, aunque esté echando el bofe, con la tranquilidad de que no estoy retrasando a ningún grupo. Y eso también me hace sentir en la gloria, aunque sea a 170 p.p.m.

sábado 13 de diciembre de 2008

Camino de Santiago

El día 11 de septiembre de 2001, mientras el mundo contemplaba impresionado como sendos aviones se estrellaban contra las torres del World Trade Center, Nutria y su amiga Tere, ajenas a todo, se dirigían en medios de transporte varios a Somport, donde yo empecé mi Camino de Santiago. En varias tandas, a lo largo de estos años, he ido cubriéndolo. Aquel año, llegué con Tere hasta Puente la Reina y luego, proseguí yo sola hasta Burgos; más tarde, fui hasta Astorga; la siguiente, de Astorga a Sarria; y por fin de Sarria hasta Santiago.

No es mi intención contar todo mi camino de Santiago. Tampoco lo es, aunque da mucho de sí, describir la convivencia, la soledad, las noches de maldormir, las de buendormir, los días de lluvia bajo la capa mohína, o los días gloriosos de sol en las montañas. Todo eso, el que ya lo conoce no necesita que se lo describan, y al que todavía no lo ha experimentado, le insto a que lo viva él mismo. Sería demasiado largo.

Ahora sólo voy a contar las cosas que me han llamado la atención de esta última tirada. Llegué a Sarria en un tren litera, de esos en los que se duerme fatal, del que me apeé a las seis de la mañana. Recuerdo al estimado lector que en Galicia amanece más tarde que en el resto de España; así que el tema estaba bastante oscuro y así estaría casi otras dos horas; y llovía con bastante entusiasmo. Si hubiera estado abierto algún bar, digamos de cazadores, hubiera hecho tiempo; pero aunque lo hubiera, creo que ni los gallegos cazan con la que estaba cayendo. Así que, capa y frontal y a adentrarse en la oscuridad siguiendo las flechas amarillas. Lo curioso del tema es que, aunque iba yo por esas fragas y esos bosques solita en la noche, no conseguí infundirme miedo. En serio que lo intenté. Pensé en la Santa Compaña, pero eso me recordaba El Bosque Animado, y me hacía sonreír. Intenté imaginarme sombras que se cruzaban frente a mi en la oscuridad. Pues bueno, pues que se crucen. Intenté imaginarme que una de ellas se quedaba mirándome de frente con unos ojos rojos. Pues que no se ande con tonterías que le arranco la cabeza. Os aseguro que si hubiera ido acompañada de un ser humano grande y fuerte, sí que hubiera ido yéndome por las patillas. Yo estoy así de perjudicada. En fin, cuando empezó a clarear encontré un bar abierto ¡en el que despachaban bizcocho casero!

Ese fue el único día que me llovió de verdad. Caminé treinta kilómetros, y paré a dormir en el excelente albergue de Gonzar, donde sólo coincidimos cinco peregrinos. Tuvimos todo el agua caliente que quisimos; radiadores donde secar nuestra ropa mojada; una cocina bastante bien equipada; un hospitalero amable; el único peregrino que roncaba se autoexilió al dormir al comedor. Jamás he dormido en un albergue nueve horas casi del tirón como en ese. Y vive Dios que lo necesitaba.

Bonito día el siguiente hasta Melide. Salió el sol un buen rato, y comí las sobras de la noche anterior (arroz con atún) sentada al pie de un hórreo, al relentito agradable. He de señalar que prácticamente no vi a nadie andando por esos caminos en todo ese día, ni en el anterior. Paz absoluta (salvo algunos tramos de carretera). La provincia de Lugo es completamente apelotante.

En el albergue de Melide, la hospitalera nos iba metiendo a todos en la misma habitación, supongo que por economía y para limpiar menos. eso en principio me deprimió un tanto; éramos bastantes (para Nutria la huraña, diez ya son demasiados). Pensé que no pegaría ojo. La ducha, tibia en el más indulgente de los casos, no contribuyó a levantarme el ánimo. Pues el caso es que la gente, variopinta como suele ser en el Camino, y más fuera de temporada, era especialmente encantadora; y la verdad que dormí muy aceptablemente. He descubierto que duermo mejor simplemente tapada con mantas que dentro del saco. Será la edad.

El siguiente día se entra en la provincia de A Coruña. Sigue siendo preciosa. Estuvo nublado, pero no llovió. Tanto este día (29 km) como el anterior (32 km) son de un bonito perfil rompepiernas. De hecho, en una bajada me medio torcí la rodilla izquierda, hacía lustros que no me daba la brasa. No tuvo mayores consecuencias el asunto. Se pasan muchas aldeíñas y lugares; muchas tienen unas preciosas casas de piedra con tejado de pizarra, que valdrían un pastizal si las pones en la provincia de Madrid, pero en las que viven por lo general unos paisanos ya bastante maduros en un estado no muy lejano a la pobreza (muchas no tienen más calefacción todavía que el hogar de la cocina). Anejo suele estar la nave para el pajar y los aperos, y el establo con algunas vacas, delante del cual suele haber un perro grande (aunque con frecuencia amigable -o es que Nutria tiene buen feeling con los guaus-).

Fue gracioso que después de tan cansada jornada, y teniendo el objetivo de dormir en el albergue de Santa Irene, al pasar por esta pequeña población, el albergue estaba cerrado. Muy triste ante la perspectiva de cascarme otros tres kilómetros hasta Arca do Pino, unos pocos metros más alante, en una zona de descanso paré a merendar dos mandarinas. Cuando arranqué de nuevo, pasó por ahí Ivan Ivanovitch, al que pregunté por el próximo albergue. "Está ahí abajo, a cien metros", y así era. Por cierto, en el área de descanso había un radar móvil de la Guardia Civil que se estaba poniendo las botas.

En el albergue de Santa Irene el agua estaba fría de cojones, pero yo me duché como una valiente porque olía decididamente a raposo difunto de varios días. Alessandro, que había robado verdura de las huertas durante todo el Camino, subió a un bar para agenciarse un buen perolo (la cocina estaba fatal equipada) y se marcó un caldazo para toda la congregación que hubiera resucitado a un muerto. Eso sí, luego se portó fatal toda la noche regañando a Iván por roncar (y al final la que roncaba era Lola la iraní-norteamericana). Por cierto, Alessandro es finisher del IM de la Isla de Elba, quedó el noveno absoluto y se lo cascó en unas diez horas. Eso sí, un poco fantasmilla como todos los italianos. Pero sin duda un buen tipo; iba haciendo el camino con su hermano autista (que por cierto, para ser autista era bastante simpático, aunque se comunicara poco).

El último día amaneció frío y ventoso. Nada que reseñar hasta llegar a o Monte do Gozo; allí yo estaba persuadida de que vería la catedral de Santiago y sería un momento emocionante y glorioso. Pues ni catedral ni Cristo que la fundó. Y eso que me desvié incluso un poco buscando un punto desde el que se viera. Pues que si quieres arroz. Eso sí, al entrar a la población y ver el cartel del MOPU en la carretera, "Santiago", se me puso una sonrisota bastante idiota. Localicé un bareto en el casco antiguo donde me aticé un buen homenaje a base de pimentos de Padrón (dos picaban), pulpo a feira y queso de tetilla; y luego me fui a la catedral. Y como están re-policromando el Pórtico de la Gloria, pues ni puse la mano ni le di el croque al santo; lo cual que habrá que volver. Pero mira por donde, cuando fui al altar a abrazar al santo, se me saltaron las lagrimillas. Tócate las narices con Nutria la escéptica.

Luego encontré a mis compañeros peregrinos y nos fuimos a por la Compostela. Precisamente gracias a ella viví la última gran anécdota del viaje; resulta, yo no lo sabía, que si apareces a una determinada hora con una fotocopia del documento en cuestión por el Hostal de los Reyes Católicos y eres de los ocho primeros, los tíos se tiran el pingüi y te invitan a cenar. Así que ahí nos juntamos Ricardo el mejicano, Felipe el brasileño, Iván Ivanovitch y una serviora con un coreano que se lo sabía de anteriores ediciones y un argentino; estos dos últimos habían hecho la Ruta de la Plata (por lo que contaron, he decidido que será mi próxima ruta a Santiago). Y nos recorrimos toda la trastienda del hostal, hasta las cocinas, donde nos dieron una bandeja con una ensalada, huevos fritos con patas y jamón, un yogur, vino y agua, y nos fuimos al comedor de peregrinos a comerlo, y lo pasamos como Dios. Y por cierto, mi inglés es mejor de lo que yo creía (también es cierto que como cada vez tengo menos vergüenza, estoy más suelta).

Y luego cogí el coche cama y volví a Madrid. Qué pena. Ojalá la vida real fuera como el Camino de Santiago.